Con motivo o sin él. Cada día los diarios vienen cargados de situaciones penosas, “grotescas” causadas por la impotencia y el odio.
Ayer el vigilante que mató a dos de sus compañeros y se suicidó después porque “le hacían la vida imposible”, la semana pasada la indigente asesinada en el cajero (¿por qué se odia la miseria y la debilidad?), el padre y los tíos de una niña atropellada matan a tiros al conductor…
Pero, yendo a lo cercano, cuántas veces no nos hemos sentido impotentes ante un jefe vago y malintencionado (si dijese tacos, diría un cabrón) que nos hace la vida imposible, ante un ex-conyuge que nos chantajea de por vida utilizando a sus hijos sin piedad, ante un adolescente que va en malas compañías y si le riñes y te metes malo y si no lo haces, también….
Las cosas no se arreglan a tiros, quemando a nadie. A veces, no se arreglan y tenemos que aprender a remontar nuestra vida desde el sitio en el nos ha colocado, y es duro. Otras, las mejores, se arreglan con el diálogo, la comprensión.
No hay otro camino. Y sólo hay una forma de enseñarlo a nuestros hijos: el ejemplo.



