Hace años que no juego, pero llegó a ser una de mis grandes pasiones.
Aprendí a mover las piezas un domingo por la tarde. Me enseñó mi primo. Tendría unos diez o doce años. Le rogué que jugase una partida tras otra hasta llegar a hacer tablas. ¡Imaginad qué carácter!.
Pero es a Marcos- si buscáis veréis algunos post suyos en este blog- a quien tengo que agradecer habérmelo enseñado todo del ajedrez. Me enseñó las jugadas, pero también la forma de enfocar el juego, la “estructura mental” que hay que tener para jugar. Bueno, más o menos, no tengo su inteligencia. Llegué a hacerlo bastante bien,tenía buen maestro.
El ajedrez amuebla la cabeza de una forma diferente, como supongo que lo hacen otras actividades. Te enseña a pensar en lo que va a suceder mucho después de que muevas pieza, de que tomes una decisión. El azar y la suerte no son los elementos fundamentales. Las diferencias están en la capacidad de concentración y de abstracción. Enseña a pensar en el jugador que tienes enfrente. Quizá por eso Marcos me conoce tan bien.
Han pasado los años y ya no juego. Antes por falta de tiempo, ahora por falta de práctica y de compañero. Además, ya casi no quedan bares donde ir a jugar. ¿Te acuerdas? El Rubalcava, que nos poníamos todos en las mesas de al lado de la ventana de abajo, si estaban libres, o el Derby.
Quizá debiera “reaprender” porque noto que voy perdiendo habilidades. De alguna manera, en muchas cosas de mi vida, necesito pensar- jugar al ajedrez.
Gracias.



