Estos días ha dejado de llover. Seguramente será un breve paréntesis, un veranillo que casi siempre tenemos en marzo antes de emprender con ganas las lluvias de primavera.
Por lo tanto, he podido dejar el paraguas en sus sitio. Y eso es un alivio enorme para mi, porque los odio. Y los odio porque se pierden, tienen esa mala costumbre.
Felipe Mellizo siempre contaba que él consideraba que algunos objetos tienen vida propia: los mecheros, los bolígrafos, las llaves y los paraguas, por ejemplo.
Según él, no los pierdo yo, sino que son objetos con voluntad y que deciden a su antojo dónde quieren estar. Por eso, también cuando se lo dicta su voluntad, reaparecen en los bolsillos de trajes que no se han usado desde hace años, en bolsos viejos, en esquinas de cajones, …
Felipe era aún más despistado que yo. Era una bonita forma de disculparnos a los dos.



