Tengo la tensión baja. Por eso me levanto fatal por las mañanas, mientras que a partir de las ocho de la tarde estoy estupenda. Por eso me sienta bien salir de copas, es de siempre. Quizá también porque lo que más me gusta en el mundo es la gente.
Durante algunos años, cuando era muy joven, soportaba los agobios de los sitios de moda, la música a toda pastilla, el ambiente irrespirable y sesiones de “horas” arreglándome para salir. Pero eso es la prehistoria.
Desde hace ya mucho tiempo, me gustan los sitios bonitos, más tranquilos- que no muermos- donde la charla y la buena música se pueden mezclar tranquilamente.
En Santiago hay un montón de sitios así, como buena ciudad universitaria, como en Granada, pero en las ciudades “normales” estos locales- sofá de casa son más raros.
En La Coruña, donde ya viví en una etapa anterior a esta, he encontrado varios. El tranvía, con su café bombón, el Aurora con su piano y el Filloa- jazz, copas y sillas desvencijadas- en la “zona de copas”. Este último me trae estupendos y recientes recuerdos.
Pero mi zona siempre ha sido la Ciudad Vieja. Es muy particular. No está en auge y tiene una encantadora mezcla de gente de barrio con todas las tribus urbanas al margen de las de moda (progres pasados, ex punkies, rockeros de pro, ….).
En la Ciudad, estaba y está, de siempre, el Itaca. Santi, detrás de la barra, garantizaba el orden, la buena música y las copas de calidad. Anuska, dentro o fuera, nos trataba a todos como de la familia y nos guardaba nuestras “copas especiales para el gin tónic” que sólo ella preparaba perfecto. Al Itaca podías ir sola, allí encontrarías seguro alguien con quien charlar en la esquina de la barra, y la sonrisa de Santi. Lo han traspasado hace unos meses, después de más de 25 años- no sé exactamente, soy demasiado joven- y todavía no he ido. Me da un poco de miedo entrar y no encontrar a mis amigos.
De momento, sigo con Mario y sus caipirinhas o lo que se tercie, detrás de la barra de la Gata. Miedo me da cada vez que saca un licor “casero” para probar. Mario nunca tiene prisa y se queda con nosotros hasta las mil. También, para última hora, está Manuel en El Paso, decorado como su nombre indica. Manuel es uno de esos especímenes de la noche que todos reconocemos de lejos por sus motos estrafalarias.
La Ciudad, con el Porlier, el Rey de las Caipirinhas, la tetería… sigue siendo, especialmente alrededor de la preciosa plaza de Azcárraga, el mejor sitio de La Coruña y más allá.
Hoy estoy dormida. Ayer salí.



