Cuando era más joven la Semana Santa llegó a ser muy importante.
Por una parte, soy de Ferrol, famosa por sus procesiones. Nunca he sido capuchón porque tardaron mucho en admitir mujeres en las procesiones. La primera cofradía, si no recuerdo mal, fue la de Angustias. Allí fuimos y nos apuntamos, pero como éramos un poco bandarras encontramos una diversión mejor y abandonamos lo de desfilar.
Por otra, he sido de varios “movimientos” religiosos. He sacado cosas buenas de ahí: cuando era montañera recorrí media Galicia a pie y con los de “catecumenado” conocí a mucha gente,…
En esta última movida, organizaban las semanas santas en el monasterio de Poio. Allá nos íbamos unos 200 adolescentes. Tengo que reconocer que pocas veces he visto ritos tan bonitos como los que hacíamos. Ritos de cambio y purificación, de renovación a través de la meditación. Procesiones con velas a medianoche, misas con música compuesta por nosotros. Fue una época en la que la religión me decía algo porque la gente que nos dirigía eran personas comprometidas, transigentes, humanas pero espléndidas, algunas.
Siento un poco de nostalgia de esos años, en los que para mi estas fechas eran algo más que unas vacaciones. Me ha hecho gracia que este año varios vecinos viniesen a pedirme ramas de mi olivo- sí, mi Olivo, por aquí apenas hay- para llevar a bendecir el Domingo de Ramos. Ahora tengo en mi casa unas ramitas benditas de olivo y laurel.



