No cabe duda, queridos lectores, de que si uno va a la Universidad debe aprovechar esos maravillosos años de juventud para aumentar su caudal cultural y su formación, en la más completa acepción de la palabra.
Yo lo hice. Sí, desde luego que sí. En mi Facultad las clases siempre empezaban tarde o estaban de huelga, por lo que me apuntaba – en primero, porque en el resto de cursos ya tenía peña para jugar al cabrón- a las clases de mis amigos.
Empecé yendo a clase de Cálculo y de Álgebra en Ingeniería con mi mejor amiga, pero uno de los profesores dijo: “Qué bien, este año sois cuatro chicas en clase”. Tuve que dejarlo o cambiar de sexo, se notaba demasiado.
Entonces opté por irme a la Facultad de Geografía e Historia con otro amigo. Al tercer día -lástima, con lo que yo estaba aprendiendo- pusieron un examen sorpresa que tuve que entregar con identidad falsa y poniendo cuidado de que mi nombre no coincidiese con el de nadie. Para no perjudicar a un inocente….
Por último, tuve la ocurrencia de irme a clase de Derecho Natural con otro amigo. Aquello -imposible localizarme entre unos 700 alumnos de primero- lo dejé por aburrimiento y por falta de sitio para sentarme: la gente cogía sitio con anticipación y yo siempre llego…¿tarde?.
Sí, aprendí mucho en la Universidad. En todos los aspectos de la vida. Otro día os cuento alguno aún más lúdico.



