Hace unos diez días estaba recogiendo mi coche que aparco, de forma bastante habitual, en el lateral de una pista vecinal, medio subido al monte, cuando se paró a mi lado un señor en su coche. Al bajar él la ventanilla me acerqué amablemente por si quería preguntar algo, pero no….
El hombre, ya mayor, estaba indignado por la ocupación de su pista. Empezó a echarme en cara desde el principio de los tiempos la cantidad de veces que algún vehículo le había entorpecido. Evidentemente, puesto que él estaba a mi lado en su ford fiesta blanco, no era mi caso. Se lo hice ver, pero ni me escuchó. Simplemente me amenazó con cerrar la pista. Esta no tenía, ni tiene, ningún tipo de señal que la diferencie de un camino vecinal cualquiera por lo que todos aparcamos ahí.
Le dije: Mire, no tengo ganas de discutir con usted. Es evidente que no le estoy molestando. Si es suya y quiere cerrarla, hágalo. Ahora voy a coger mi coche y me iré.
Me miró airado, como si fuese una perfecta maleducada, porque no le di pie a seguir una bronca que, en el fondo, necesitaba soltar. Subí al coche y vi como gesticulaba aún desde el suyo. Después empezó a maniobrar para dar la vuelta.
Si hubiera sido buena chica debería haberle dado algún motivo para soltar su ira, porque ese día le empezó una úlcera. Mala suerte, ese día mis nervios no podían permitírse ese lujo.
¿Qué hubiérais hecho en mi lugar?



