Esta mañana hablaba con una amiga. Se ha roto el dedo gordo del pie y eso le impide moverse con soltura y la ha obligado a un descanso forzado.
Como no es lo único que le ha pasado esta temporada, tiene uno esa sensación de mala racha que conozco tan bien.
No hay recetas únicas, pero en mi caso funcionó echarle paciencia -contaba con una convalecencia de una semana y fue un mes- y pensar que todo tiene su lado bueno. De hecho, si recordáis los post que escribí después aproveché para “ponerme morada” de leer y, la verdad, para reflexionar mucho.
Sé que no es fácil, pero la luz está ahí, al final del camino. Por duro que este sea.
Y ahora estoy pensando en un buen amigo que internan hoy, que estará aislado un mes en un hospital, que se juega mucho en esto.
No sabe uno cómo transmitir cercanía, cariño, en situaciones así. ¡Se está tan solo!
Vayan para él mis deseos de que se le haga lo más corto posible, que el dolor sea breve y llevadero, de que su curación sea total.
Y si hay un Dios, que tome esto como una plegaria. Aunque yo sea medio descreída, él se merece que esto salga bien.



