En plena campaña de declaración de la renta, cualquiera se da cuenta de a qué sí ha dedicado recursos el Estado: al aparato recaudatorio.
Puede que en los juzgados estén paradas miles de causas que, se resuelvan cuando se resuelvan, por su sola tardanza han generado enormes injusticias, mientras los funcionarios –contra los que individualmente no tengo nada- de dicho ministerio salen a protestar si les hacen fichar para tomar café, los jueces presumen de llegar tarde a los juicios y éstos se han de repetir porque alguien se olvida de grabarlos en video.
Puede que el Ministerio de Economía y sus homólogos autonómicos no sean capaces de dar de alta una Sociedad “normal” telemáticamente y cualquiera de vosotros se mate a hacer trámites durante un mes o bien opte por eso de la S.L.N.E., que es más bien poco flexible.
Puede que la cola para hacerse una radiografía haga que a cualquiera que llaman le pillen ya por el cementerio, o que sigan sin incluirse en la asistencia pública ramas sanitarias básicas.
Puede que en los colegios, los padres que pagan puntualmente sus impuestos, tengan que declarar hasta minusvalías para poder enviar a sus hijos al colegio más cercano a su casa, mientras los directores de enseñanza pública o concertada nos enseñan cómo engañarles a ellos mismos y miran para otro lado.
Puede…
Mientras tanto, el Ministerio de Hacienda y la maravillosa Agencia Tributaria, nos dan todo hecho y “controlado”. Y se gastan el dinero en campañas de televisión que nos hagan ver lo buenos chicos que son (que será cierto, no digo que no).
No seré yo quién ataque la base del sistema impositivo y, por lo tanto, del “supuesto estado del bienestar”, pero ¿mis impuestos no son para que no pasen los “puede”?



