Leo en una revista que niegan que existan pruebas científicas de que se pueda levitar.
Bien, seguro que después de contaros mi experiencia en esto no me miraréis igual -quizá empecéis a creer lo de las meigas- pero debo contarlo.
Una tarde aburrida de sábado en Barcelona. Tres compañeros de estudios haciendo un alto. Empezamos a hablar de la fuerza de la mente: siempre he creído que está muy poco estudiado nuestro cerebro y estoy segura de su energía.
No recuerdo bien cómo, llegamos a esto de la levitación. Yo había leído cómo hacerlo: uno de nosotros, Miguel – 80 kilos al menos-, se sentó en una silla y Marlene y yo nos concentramos mentalmente poniendo un sólo dedo de cada una de nosotras bajo el asiento y la palma de la otra mano “aplastando” la cabeza de Miguel.
Durante un rato no pasó nada. Pero tras un par de minutos de concentración, la silla empezó a elevarse hasta alcanzar más o menos una aluta de un metro desde el suelo.
Miguel se asustó al verse arriba y le bajamos.
No puedo probarlo, pero yo sé que es verdad.
Habelas hailas.



