Ese proyecto de favorecer a las empresas que integren en su dirección a mujeres hace que me contradiga a mi misma.
Por una parte, odio las obligatoriedades. Desde mi punto de vista, sobran leyes y falta educación, sentido común y reflexión.
Por otra parte, la discriminación es injusticia y debe acabarse con ella. Sea la que sea.
No me encuentro puntos de acuerdo enfocando así el problema. Sólo llego a un pacto conmigo misma cuando me salgo por la tangente: hay que reinventar lo que es ser un directivo – incluso llegar más allá y dar libertad económica y emocional para serlo o no-, volver a los valores originales. De acuerdo con ellos, una mujer no estaría discriminada.



