Estos días “llueve de solemnidad”, o “caen chuzos de punta”, como os guste más.
La cosa es que tengo aversión a los paraguas y casi siempre los dejo bien guardados en casa o en el coche -cuando los saco los pierdo- esperándome sequitos a la vuelta.
Hoy he hecho lo de siempre: pasear esquivando paraguas de otros, riadas de los canalones de las casas y chapuzones de los coches en los charcos.
Esquivando y poniendo empeño en ello, me he empapado unas tres veces -una al salir de la peluquería, oh!- y otras tantas me he secado gabardina y pelo.
Y me he sentido como el campesino de Claudio Rodríguez:
y mira, y busca, y huye,
y, al llegar a cubierto,
entra mojado y libre, y se cobija,
y respira tranquilo en su ignorancia
al ver como su ropa
poco a poco se seca.
Y ahora oigo repiquetear la lluvia fuera, en la oscuridad, dispuesta a acunarme para que duerma. Buenas noches.
PD.- Felicidades a mi socio favorito que ha estado de cumple hasta hace unos minutos y a un querido amigo que lo ha estado el 19. Gracias a los dos. Que vuestra vida sea larga y dichosa.



