Cada día hablo con gente, trabajadores “de a pie”, directivos y empresarios, que evalúan de forma inconsciente la política de la empresa para la que trabajan y se deja ver muy bien cuando hablan de la “selección de personal”.
La muestra de lo que he oído esta misma semana da una idea de la complejidad de las relaciones dentro de una organización cualquiera.
Por ejemplo, alguien que había hecho una serie de entrevistas para cubrir un puesto de administración, me decía: “No contraté a XXX porque no hubiese durado. Me decían que le contase lo que podría hacer dentro de tres meses pero ¿qué se yo que va a pasar aquí en ese tiempo? Y yo no quiero mentir a nadie”.
Un empresario me decía: “Fiché a una persona para XXX muy competente, tanto que desbordó al resto del equipo, se sintieron desmotivados y empezó a fallar el día a día, lo básico. Tuve que echarle”.
Y un directivo: “XXX se ha ido de baja, y yo podría haberlo visto venir, porque el problema estaba ahí. La cosa es: qué solución se le podría haber dado… Una persona así es difícil de sustituir con alguien nuevo”.
Y un trabajador: “Son muchas horas de trabajo. Si lo hubiese sabido hubiese estudiado más. Pero es una empresa seria, paga todo y bien y se ve actividad. Se pueden tener expectativas”.
Las personas son las generan valor en una organización, en muchos casos marcan la diferencia entre una empresa que va bien y otra que no tanto, Drucker – que tanto le gusta a Pablo, habla de trabajadores del saber. Y son un bien escaso al que hay que cuidar.
Las personas son lo importante y necesitan, además de estar bien pagadas, empresas fiables, con proyecto, en las que se prime el equipo y en las que se evalúen soluciones a los problemas contando con los afectados.
Entonces, lo sé por experiencia, se consiguen milagros, es decir, se quedan los mejores – eso que ahora se llama retener el talento- y se produce una implicación de todo el equipo que genera una energía imparable hacia el éxito y la excelencia.



