Las líneas de mi mano dicen que soy muy romántica. ¿Lo soy? Recuerdo un día desayunando con un compañero de trabajo que él me preguntó “¿Y tú, eres romántica?”. El me caía mal, no teniamos confianza y ningunas ganas de una conversación de “ese tipo” con él, así que contesté “por supuesto que no”. El me dijo : “qué sincera eres, porque es verdad que no lo pareces”. En fin….
No tengo un apego excesivo al romanticismo “de palabra” tipo siglo XIX, excesivo y solemne. No me gustaría estar en una urnita siendo adorada e intocable. Quizá lo más exagerado que he leído recientemente es ” Las desventuras del joven Werther” de Goethe. ¡El protagonista termina suicidándose!
Reconozco que, como todo lo que escribe Goethe, merece la pena leer la novela. Refleja fielmente un proceso enfermizo del alma humana. Pero para mi es eso: enfermedad. Y no creáis que no he estado enamorada: puedo reconocer en mi misma cosas muy parecidas a las que siente Werther. La diferencia está en que esos sentimientos te arrastren o aprendas a vivir con ellos. No es fácil si es intenso, pero se consigue.
Si, como le pasaba a Werther, la situación es ambigüa pero sin solución (socialmente la situación sería inviable en esa época y además ella, aún en el caso de amarle, no podría resistir la presión), las cosas se vuelven más complicadas. Estar cerca de Carlota le da un placer inmediato que cree necesitar para vivir, pero la ambigüedad de ella – que no sé si calificar de inmadura o de excesiva como el mismo Werther- le va matando por dentro. La ambigüedad y la incertidumbre son lo más difícil de asimilar.
A cualquiera que lea el libro y esté en su sano juicio se le ocurre lo mismo que a su amigo Guillermo: que se vaya, se ocupe en otra cosa y deje pasar el tiempo que todo lo cura. Sensatez que Werther, en su enfermedad, no mantiene el tiempo suficiente.
No creáis que soy tan pragmática, aunque yo en el caso de Werther, me hubiera alejado sin dudar.
De hecho, no soy prosaica en absoluto. Pero las circunstancias para desarrollar mi “romanticismo” no son las de la novela de Goethe, ni las formas tampoco.
Valoro mucho la ternura y la delicadeza en el trato, supongo que como todos vosotros. No hay nada más romántico que alguien que se pone en tu lugar y te trata con la dulzura con la que necesitas ser tratado, que te regala su día a día, que te hace saber que piensa en ti con cariño y alegría, que alguna vez “saca los pies del plato” por ti…Ese es el “romanticismo” que me gusta, sin conflictos continuos, sin crisis, sin hacer de la otra persona un objeto lejano, sino más bien hacer algo mucho más grande y generoso…., pero esto es otra historia y será contada en otra ocasión.



