En mi trabajo tengo el hábito de hacer cierres periódicos, trimestrales, y sacar balances y cuentas de resultados, depurarlos, analizarlos, sacar conclusiones para el trimestre en curso y lo que falta de año.
En mi vida tengo costumbres parecidas:
A diario suelo hacer “cierre de caja”, es decir, me repaso el día.
Mis cierres son semestrales y con diferente enfoque. Como en la contabilidad, está el de final de año, formal, de cierre y apertura. Y también el del verano, de ahora, que coincide con el mes de mi cumpleaños y que es un poco diferente, digamos que es el analítico: ¿cómo te va la vida, vieja?.
En septiembre, hago presupuestos. Nuevas propuestas para poner en marcha hábitos nuevos. Bueno, hábito, que yo con eso, como es tan difícil, de uno en uno.
Diréis que soy muy económica y que todo esto suena muy frío. Pero pensadlo bien, los contables sabemos que no sirve de nada hacer balance si no has ido llenando la contabilidad con asientos diarios y que el resultado final depende de la suma de estos. Sí, el día a día, normalmente, es lo que cuenta. Si dejas pasar tus días vacíos, el resultado será pobre.
Para que la contabilidad sea buena, tienes que tener activos saneados y un patrimonio fuerte. En mi caso, creo que mi situación patrimonial es muy buena. Siempre te puede tumbar un desastre pero tengo familia, amigos y cariño para financiar mis actividades, aunque a veces me meta en aventuras arriesgadas, es este patrimonio el que me permite hacerlo con tranquilidad. Aunque un año sea malo, no pierdo de vista el plan estratégico y espero a que el siguiente sea mejor.
Eso sí, siempre pongo cuidado y las fechas de cierre que escojo son de fiesta, alegres. Hay que aprovechar el optimismo. Valoro mucho los intangibles, como las nuevas normas de contabilidad, y los sueños computan para el análisis de riesgo.
No, no os voy a contar cómo va mi cierre analítico de este año.
Se imponen unas poesías de Benedetti, oficinista como yo, pero que es capaz de escribir esto:
Hemos llegado al crepúsculo neutro
donde el día y la noche se funden y se igualan.
Nadie podrá olvidar este descanso.
Pasa sobre mis párpados el cielo fácil
a dejarme los ojos vacíos de ciudad.
No pienses ahora en el tiempo de agujas,
en el tiempo de pobres desesperaciones.
Ahora sólo existe el anhelo desnudo,
el sol que se desprende de sus nubes de llanto,
tu rostro que se interna noche adentro
hasta sólo ser voz y rumor de sonrisa.
O esto:
Hay que amar con valor, para salvarse.
Sin luna, sin nostalgia, sin pretextos,
Hay que despilfarrar en una noche
—que puede ser mil y una— el universo,
sin augurios, sin planes, sin temblores,
sin convenios, sin votos, con olvido,
desnudos cuerpo y alma, disponibles
para ser otro y otra a ras de sueño.
Lo veis, no somos tan cuadriculados.