De siempre ha sido casi casi mi noche favorita del año. Supongo que tengo grabadas todas esas ilusiones de niña, esperando con ansia a la mañana para abrir paquetes llenos de sorpresas.
En mi casa se dejaban los zapatos en la ventana. Yo le pedía a mi padre unos de “chúpame la punta” porque me parecía que si eran más largos y más grandes me traerían más cosas.
De adolescente, seguía gustándome el ritual de los regalos. De jovencita era la noche del año en que más me gustaba salir. Salía arregladita pero sin los artificios de fin de año, que nunca fueron lo mío, la verdad.
Después, durante unos años fue la única noche del año en que veía a una querida amiga que estaba fuera. Nos gustaba tomarnos un café al acabar las compras, con las calles llenas de gente hasta las tantas y nosotras en el “Delicias” viendo pasar a todo el mundo.
Ahora es especial porque si hay niños, o quien mire con sus ojos, la noche se vuelve mágica. Es la noche de los deseos, de las ilusiones, es la noche de las maravillas.
Que los Reyes Magos os traigan lo que más deseais.



