En mis tiempos, y quizá un poco antes, los estudiantes corrían al final de la dictadura delante de la policía, de los grises. Las protestas estudiantiles tenían sentido: se intentaba defender la libertad. Libertad de expresión, de pensamiento.
A estas alturas de la película, en un país democrático -con todos los defectos que le queramos poner- ya no tiene sentido que la policía cargue contra los estudiantes.
Ahora, en estos “tiempos modernos” en que todo vale, resulta que son los estudiantes los que no son demócratas y cargan contra los que no piensan como ellos. Ya, ya sé que son una minoría, ya sé que no representan al resto. Pero no deja de darme vergüenza ajena que alguien, como por ejemplo María San Gil, una mujer que sale con escolta a diario porque está amenazada, que ha dado pruebas de entereza increíbles, se vea agredida por “universitarios”.
Lo siento, podéis enfadaros conmigo pero me parece una falta de respeto, de educación y hasta de ética. No sé qué pasa cuando los que deberían liderar el pensamiento del futuro se dedican a agredir a personas que, al margen de su ideología política, defienden sus ideas con las palabras y en libertad.
Ya sé, no nos representan. Pero algo querrá decir, ¿no?



