Los sonidos. El piar de los pájaros que han anidado en el canalón, el chirriar agudo de los grillos, el ladrido de un perro a lo lejos que asusta a algún gato presumido, el leve ruido del agua en movimiento, la brisa en las ramas de los árboles, el reloj de la iglesia que da los cuartos y tu voz grave y armoniosa.
Los olores. El azahar penetrante del naranjo en flor, la hierba recién cortada y fresca del rocío, un ligero salitre que llega del oeste, el aire fresco de los eucaliptos y los pinos del monte vecino y tu olor, que me trae el mar.
Los colores. El rojizo intenso del horizonte, el amarillo que envuelve a las nubes, el verde, oscuro ya, de la hierba, el esmeralda brillante del agua y la luz dorada del atardecer en tus ojos.
Los sabores. El ácido de las fresas y los melocotones verdes, el dulzor de las cerezas carnosas y llenas, la amarga plenitud del chocolate negro que viene de lejos y el delicado néctar de tu boca.
Los tactos. La suavidad lisa de las hojas olorosas del limonero, la rugosidad de la piedra, el tacto áspero y cálido de la madera, la ligereza del agua y la tibieza exquisita de tu piel.
P.D.- Esto lo escribí hace tiempo y las sensaciones eran más antiguas aún, es curioso ver cómo la vida termina lo que uno no es capaz. Atardece. Apenas queda luz.



