Aparentemente no tiene mucho que ver con nada.
Entró en el bar. Yo estaba comiendo rápido- así tengo el estómago- un pincho de tortilla y un café, para seguir haciendo recadillos y compras sin perder demasiado tiempo. Me quiso vender algo. Mecánicamente le dije que no. Como casi siempre.
Me dijo muy muy bajito:
- ¿me das algo para comer?
Le miré a los ojos y me quedé enganchada unos segundos en su mirada, en la expresión de su cara. Bajé la vista y le pregunté:
- ¿Cuánto cuesta esta?
Ahora me miró él. Nos vimos.
Me la puse en la muñeca y ahí está. Alegre, llena de colores. Y, no sé por qué, me hace sentir más libre. Quizá es el aire fresco, el aire de otro lugar del mundo, tan lejano. No sé lo que es, pero me sienta muy bien.
Quizá sea solamente el efecto de poner un poquito de ternura en los detalles. Voy a seguir probando a ver qué pasa.



