Ya estamos casi en la mitad de año, así como quien no quiere la cosa. Ya ha pasado la feria del Libro, que es el final de la primavera y marca la última fecha apetecible, para mi que soy de pueblo, para ir a Madrid hasta los conciertos de otoño; en un par de días el curso habrá terminado -ya he corregido los trabajos-, y pasaremos el solsticio saltando las hogueras de San Juan, con sus correspondientes sardiñadas (de momento tengo tres a la vista).
A principio de año decía yo que sería mágico pero no me ha salido el año como pensaba, que ya se sabe que la vida va a su bola. No, no es que me esté quejando, que aquí estoy escribiendo contenta, pero me parece que la segunda parte será mucho mejor. Así que voy a “purificarme” en San Juan, a hacer todos los ritos (ya os iré contando) para tirar lo viejo que no me sirve y dejar sitio para la (a)ventura que la vida quiera traerme este semestre.
De momento, llevo un tiempo intentando tirar el estrés y para hacer sitio a la tranquilidad y la ternura. Así que cada noche salgo afuera y respiro hondo, oliendo y escuchando, sin más.
A ver si me da tiempo a hacerle un hueco más grande a la alegría. Caminaré descalza pisando la hierba.



