He pasado por todas las fases en mi vida. He sido una creyente practicante y convencida, he sido una atea -o casi-, una simple descreída…pero nunca he dejado de llevar conmigo a mi Angel de la Guarda. Ya sé que no tiene sentido, pero ¡tantas cosas importantes no lo tienen…!
El siempre ha estado ahí, desde niña. Y he enseñado a varios niños a mi alrededor a decirle la oración que os dejé ayer. Los niños, como son así, le ponen nombres y lo imaginan: “se llama Juanito y es muy moreno, con el pelo rizado y los ojos azules”, por ejemplo.
De pequeña le pedía, supongo, pues lo típico: aprobar, que los Reyes me trajeran un fuerte de vaqueros o que las vacaciones durasen más. Ahora, de mayor, ya me he acostumbrado a dialogar, más que a pedir. Su mejor virtud es que me hace compañía y, además, con los años, he descubierto sus dos habilidades “especiales”: darme serenidad cuando se la pido y hacer llegar mi cariño a quien quiero que le llegue.
En los últimos tiempos, sólo una vez le pedí algo concreto. Estaba profundamente preocupada por una persona querida. Y lo hizo.
Pensaréis que estoy loca, y quizá sea verdad, pero dejadme con mi locura que tan positiva es y no molesta a nadie. Mi Angel también tiene nombre y me escucha. Quizá el me ha mantenido menos descreída y más ilusionada.



