Me vais a perdonar la reflexión tan personal hoy y quizá tan “integrista”.
Como sabéis lo que me conocéis, no soy una persona especialmente religiosa, al menos en lo que se suele entender por ello. Respeto las iglesias y creencias, excepto cuando discriminan o hacen daño, pero no estoy adscrita a ninguna.
Mi formación, sin embargo, es profundamente cristiana y por supuesto esto tiene una influencia enorme sobre mi. He adoptado de hecho gran parte del fondo de esta religión para formar mi propio código ético y además, hay que reconocer la belleza en las formas de la Iglesia Católica.
He utilizado la palabra fondo a propósito. Soy una enamorada de las formas hermosas, nada puede destruir o construir más rápidamente dentro de mi corazón que la belleza: la sinceridad en el gesto, el calor en las palabras, la ternura de un abrazo,…
Pero las construcciones fiables se hacen a base de fondo, no de forma. Y no lo olvido jamás.
El pilar de mi código ético es lo que de verdad siento en mi corazón, sin engaños ni mentiras. Y no es fácil conseguir esto que acabo de escribir, es uno de mis mejores y más queridos logros, y muchas veces todavía soy permisiva conmigo misma y no lo hago bien, claro.
Si uno es capaz de analizarse por dentro y ver los motivos que le han llevado a una acción sabrá mucho más de sí mismo al margen del resultado final. Si te ha llevado la vanidad, el egocentrismo, el espíritu de posesión, ya lo sabes, lo que has hecho está mal. Si es el cariño de verdad, no hay límites que valgan, ponerlos es cuestión de formas y las formas, si van contra el fondo, mejor cambiarlas.
Así que nada de ponerse disculpitas de mal pagador a uno mismo, mejor afrontar la verdad, por dura que sea, y aprender de ella. Y os puedo asegurar que si el fondo es realmente hermoso, se resistirá contra las malas formas, huirá de ellas, hasta que se encuentre con las que de verdad le corresponden.
Por eso es que sólo me quedo siempre con la parte hermosa y eso me protege. No lo quiero todo, no lo necesito todo.
PD.- Querida amiga, tú llegaste a esto mucho antes que yo. Siempre admiré tu claridad y ahora creo que he descubierto tu secreto. ¡A veces cuánto te echo de menos!



