No pensaba hacer segunda parte, pero estoy “así”.
Durante toda nuestra vida nos han enseñado la importancia de las formas. La educación es importantísima, gracias a ella se puede convivir sin demasiados roces. Cuántas veces habremos hablado Almudena y yo de esto y siempre llegábamos a la conclusión de que preferíamos mil defectos a la mala educación. Además, todos se pasan la vida diciéndonos qué es políticamente correcto, que forma externa hay que aparentar -hasta los que nos creemos más rebeldes protestamos según lo esperado- así que por este lado hay muchas directrices.
Pero esto no hace a una persona, sólo roza su esencia. No vale con cubrir las formas.
Y aquí, claro, volvemos al fondo de la cuestión. Son necesarias la experiencia-la curiosidad por el alma humana, las vivencias- y la reflexión dirigida, combinadas ambas, para poder formarse criterio propio. Es necesaria la sensibilidad -que bien entendida no es más que la inteligencia del amor- para que esos criterios sean hermosos, merezcan la pena. Y una vez hecho esto, hace falta ser un valiente para mirarse a uno mismo y aplicárselos. Pero eso es lo que hay que hacer, aunque se falle.
Y no te pares a juzgarte a ti mismo, a mirar lo que los demás han visto para saber la gravedad de lo que has hecho mal. No importa. Como dice mi tía por los cotilleos: no importan, ellos te dedican diez minutos y pasan a la siguiente, uno tiene que vivir de acuerdo a uno mismo.
Mira dentro. Mira tu corazón. Si lo que has hecho es mediocre porque te has dejado arrastrar, pídete perdón, porque tú no te mereces eso -y pídelo a quien hayas hecho daño- da un paso atrás, que no pasa nada, y sigue practicando para hacerlo mejor. Es decir, entrena, como si fuera un deporte. No es cuestión de culpas.
Y si tu corazón salta de alegría, aunque esté asustado, pues adelante. El sabrá llevarte.



