Es el título de una novela de Coetzee, Premio Nobel de Literatura.
Creo que esta novela estaba en mi estantería esperando desde hace unos cinco años. Durante ese tiempo intenté leerla unas tres o cuatro veces, pero siempre acababa dejándola. Y no es que tenga la culpa Coetzee, es que mi ánimo no era el mejor y no mejoraba mucho con este espléndido pero crudo relato. Una historia de soledad hasta la locura, enternecedora, tan alegórica y a la vez tan próxima, a pesar de estar ambientada en Sudáfrica, que uno cree que le podría pasar algo así en cualquier momento.
Ahora, en mi viaje de navegación por las Islas Griegas, en el paisaje que menos puede recordar el que se describe, con la paz en la que me he instalado en la cubierta del barco, puedo leerla deleitándome y dejándome llevar por la mente enferma de la protagonista, Magda.
Nada más lejos del paisaje que aún me inunda los ojos, llenándomelos del verde y azul, en el que me he sumergido hoy mismo. Y pronto llegarán esos rojos del otoño que tanto te gustan…



