No estoy segura de por qué se ha ido (voy a decirlo bajito no vaya a ser que me oiga y vuelva) pero lo ha hecho: no tengo insomnio.
Aún tengo muchas dudas de que esto sea para siempre. Es normal. Desde que recuerdo he tenido temporadas de insomnio: dicen que de bebé no dormía en toda la noche, recuerdo ir a ver la tele descalza a través de los cristales de la puerta del salón con seis años, leer con una linterna bajo las sábanas con ocho, con diez, con doce…Entre una época de mal dormir y otra, pasaba temporadas buenas, como ahora.
Bien es verdad que en los últimos años las cosas se pusieron más crudas y ya me hacían falta pastillas de forma bastante continuada, porque dicen los médicos que es mejor tomar pastillas que dormir tan poco (no estoy yo tan segura pero…) ¡Y eso que soy de las que no se agobian por una noche en blanco! Me pongo a imaginar historias bonitas y se me pasa bastante bien el rato.
En el fondo, aunque suene absurdo, los insomnes un poco presumimos de serlo, como si eso fuese un mérito, un poco como aquellos románticos que presumían de ser desgraciados.
Ahora, en esta racha buena, soy como las personas normales: me caigo de sueño si duermo poco la noche anterior, no puedo salir hasta tarde y no pagarlo al día siguiente y apenas puedo leer en la cama. Me volveré una aburrida, cansada y sosa, además de inculta. Si acabaré echando de menos mi insomnio… y es que uno se acostumbra a veces tanto a lo malo que deja de apreciar la salud.
No, no es para tanto. Ojalá que esta racha me dure. Tiene muchos efectos positivos: estoy más tranquila y relajada, recupero la memoria, las ganas de hacer deporte…
¿Queréis saber cómo se ha invertido una tendencia de tanto tiempo? Aún no estoy segura, pero prometo contar mi secreto cuando lo esté.



