Ayer hicimos un magosto tardío. Muchas castañas asadas, algunas con sal -sí, están buenas- vino tinto, chicharrones, café y tarta de manzana. Para adelgazar, vamos…
Hacía el frío de nieve que procede para un magosto y que hace que estar al lado del fuego de las castañas o de la chimenea sea un tremendo placer. Ni los niños querían jugar fuera.
Al final, hasta tocaron el acordeón y cantamos “yo vendo unos ojos negros”. Un tarde de reunión de amigos muy completita.
Hay quien dice que yo estaba apagada. Quizá tanto antibiótico me reste un poco de fuerza, aunque es verdad que cuando hay mucha gente, disfruto observando el “cuadro”, como desde fuera, grabando el ajetreo y las conversaciones. No sé porqué, me gusta más estar callada.
A lo mejor es sólo que no quiero distraerme, no quiero perder detalle, quiero paladear el ver a muchos de mis amigos allí, juntos, riendo. A lo mejor es que ando algo morriñosa…



