Me cuidaba cuando yo era una niña muy pequeña, aunque seguí viéndola después, mis recuerdos más intensos son de los tres o cuatro años. Me gustaba pasar las tardes en su casita de muñecas, jugando en el desván y sacando de sus vitrinas todos los pequeños tesoros- siempre le gustaron esos pequeños objetos inútiles que apenas se ven hoy en día pero que eran tan habituales hace no tantos años- repasándolos una y otra vez como siempre hacen los niños: las bandejitas de plata y de cerámica, la colección de dedales, los gatitos de cristal, las cajas esmaltadas con flores… Allí aprendí la palabra “acerico”, que me encandiló ya para siempre.
Era pequeña, regordeta, de ojos pequeños, claros y muy vivos. Sin duda había sido una mujer hermosa y aún entonces tenía una piel suave y transparente. Le gustaba andar por la casa “a su aire”, y se cambiaba mientras charlaba conmigo y atendía a la cocina. Y yo miraba, desde mi estatura, lo que entonces me parecían sus enormes pechos de matrona.
Conmigo era todo paciencia y vivacidad. Me dejaba vestirme con sus ropas, acostarme en su cama mientras ella y su marido veían la tele, jugar con los cojines, me enseñaba sus fotos…
Con los demás era “muy dispuesta” pero hacía su vida y dejaba a los demás hacer la suya. Tenía por costumbre madrugar mucho, pero muchísimo, y comía a las doce de la mañana. Le encantaba la coliflor, el repollo…además de que las verduras le ayudaban en su permanente lucha para adelgazar. Una lucha perdida por más que saliera a caminar cada día.
Era una mujer vital, alegre y sencilla. Y yo la quería.



