Sí, ya sé, últimamente todo el mundo se divide entre esa “navidad consumista” inventada por el márketing que cuelga papanoeles de las ventanas como si fueran salamandras y esa “navidad entrañable” en la que hay que sonreir y cantar villancicos aunque tu cuñado sea un impertinente, que nunca te explicarás como tu hermana está con él.
Y va a ser que en esa época lo que más pasa, cuando ya se tiene una edad, es que en el mejor de los casos añoras terriblemente aquellas navidades de tu infancia de familia larga y primos corriendo o, en el peor, echas tremendamente de menos a alguien que está lejos o que ya no está.
La cosa es que por uno u otro motivo, nos ponemos a buscar y esto de la Navidad cada vez le gusta a menos gente, así de verdad de verdad.
Y yo, por más vueltas que le doy sólo encuentro dos formas de “redimir” ese vacío -que eso viene siendo lo que me pasa- y que son: hacer caso a los niños, mirar con sus ojos, sorprenderme por las luces, abrigarme y pisar el granizo o hacer algo que, por una vez, haga que aunque sea brevemente no signifique mirarme el ombligo y preocuparme por ese millón de trivialidades que me acosan.
Ahí está para mi el “Espíritu de la Navidad” y a mi, así, me gusta.
Os deseo a todos que sonriais mucho, que hagáis sonreir a otros, que abracéis y acariciéis sin medida, que aprovechéis estas fiestas para lanzar la imaginación y soñar con un mundo mejor. Siempre, para conseguir algo, hay que soñarlo antes. El análisis es a posteriori. Sobra.
Felices Fiestas



