Aunque para muchos el símbolo de París es la Torre Eiffel, yo me voy a quedar con Nôtre Dame. Hace muchos años, en mi primera visita, me quedé enganchada del rosetón del lado oeste, de las naves nervadas y elevadas, de esa clara transmisión que hace de cómo la piedra aspira a crecer y llegar a Dios.
En mi última visita disfruté aún más si cabe que en las anteriores porque -como me pasó en su día en la catedral de Winchester- casualmente había un coro cantando y siempre me emociona la música bien elaborada e interpretada en el marco de esas catedrales incomparables, me recuerda que el hombre puede hacer cosas tremendamente bellas.
Empezaron con el Insanae et vanae curae de Haydn, que tan solemne suena y continuaron con el maravilloso Chistus factus est de Bruckner. Me acordé de Leiter, claro. ¡Qué forma de disfrutar! Acabé casi no viendo a todos los turistas en pantalón corto de alrededor. ¡Anda! Pero si yo era uno de ellos…
PD.- Siento escribir tan poco pero es que el mes de julio está siendo muy trabajoso. Eso es bueno, o por lo menos no es malo, pero es muy cansado.



