Perdonad que hoy tenga una noche de confidencias, hay noches así, llenas de estrellas.
Desde bien niña disfrutaba con la “gente mayor”, con los ancianos. Siempre recibí de ellos una alegría -sólo comparable a la de los niños- y una paz de espíritu que espero alcanzar algún día.
No sé porqué, recuerdo hoy especialmente que cuando me casé, y ya antes, mi favorito de su familia era el abuelo. Según entraba y tras los saludos de cortesía me sentaba a su lado para escuchar sus historias, sus viajes, sus ansias pasadas, ver sus láminas antiguas y sentir su calor. Desde lejos me decía seductor, sabiendo que esa batalla estaba ganada: “aquí llega mi nieta favorita -sé que no era cierto-, ven y siéntate a mi lado”.
Ahora, estos inviernos, he tenido el maravilloso regalo de pasar mis tardes de domingo con mi tía abuela y otros familiares. He disfrutado de hacerles meriendas, jugar a las cartas y recibir su amor y su experiencia.
Se me van enfermando, se me van muriendo, y nunca me ha dado tiempo a quererles y mimarles lo suficiente y devolverles una pequeña parte de lo muchísimo que me dan.
El amor es generosidad, antes de nada, generosidad. De ellos se aprende.



