Entré en la consulta sin saber muy bien si iba a seguir el consejo de todo el mundo o mi propia intuición y decirle a aquél médico la verdad: que no le había hecho ni caso a su tratamiento y que había tomado otras decisiones al menos temporalmente.
Se lo conté. Su sencilla forma de mirarme fue muy convincente. Me pareció ofensivo mentirle, como insultar a su humildad y su inteligencia. Así que le conté mi “travesura” con todo tipo de detalles.
Su reacción fue aún mejor: me entendió, me miró como a una persona que debe decidir sobre su cuerpo y su salud y se puso sencillamente a mi lado. La conclusión, su última frase: “Vuelves en tres semanas, hablamos y decidimos juntos qué es mejor que hagas, ¿vale?”.
Una lección de humanidad de un gran médico.



