Soy una personilla con suerte. De niña estaba tan convencida que jamás se me ocurría tener miedo, no pensaba que nada malo iba a pasar. Podía ir sola por descampados, subir a los acantilados, tirarme por trampolines improvisados, ocultarme en la oscuridad. Nada me daba miedo. Nada malo me podía pasar.
La vida se encargó de desengañarme…un poquito. Lamentablemente, sigo creyendo que las cosas se pueden cambiar si uno pone voluntad, ganas y fe, que los amigos son amigos y que, aunque no les veas, su energía te acompaña, que las cosas que se acaban tenían que hacerlo, que hay que luchar -aunque sólo sea un poquito y desde una esquinita- para ir limando injusticias, empezando por las que uno mismo comete.
Y este viernes Martín me regaló un trébol de cinco hojas que he puesto al lado de la cabecera de mi cama, con la vela que me hizo Lucía cuando estaba en el hospital. Mi ángel de la guarda debe de estar contento con tanta ayuda.



