Llueve impenitentemente. El cielo está gris, plomizo, como si no hubiera terminado de amanecer. Trabajo y disfruto de estar refugiada aquí. Suena un trino de pájaro sobre el olivo, sorprendente, como fuera de sitio. Como la vida.
Esas contradicciones me recuerdan un poema de Fernando de Herrera:
Pensé, mas fué engañoso pensamiento,
armar de puro hielo el pecho mío;
porque el fuego de Amor al grave frío
no desatase en nuevo encendimiento.Procuré no rendirme al mal que siento,
y fue todo mi esfuerzo desvarío;
perdí mi libertad, perdí mi brío,
cobré un perpetuo mal, cobré un tormento.El fuego al hielo destempló, en tal suerte,
que, gastando su humor, quedó ardor hecho;
y es llama, es fuego, todo cuanto espiro.Este incendio no puede darme muerte;
que, cuando de su fuerza más deshecho,
tanto más de su eterno afán respiro.
(¿Qué pasa hoy? Tanta sensibilidad y tanto poemita…¡Voy a tener que frivolizar un poco!)



