Tan acostumbrados a trabajar nuestra mente, siguiendo esas tendencias tan actuales -muy sanas, moderadamente lo hago también- que nos llevan a la meditación, la comprensión de las emociones, etc, nos olvidamos de darle prioridad a nuestro pobre cuerpo.
Pensamos que la comunicación sólo lleva una dirección: nuestra mente dominante dicta lo que queremos, lo que hay que hacer y nuestro cuerpo, si está sano, ¡qué obedezca! ¡Debe ser flexible los viernes de siete a nueve!
De siempre he pensado que la comunicación es bidireccional o, más bien, que somos un todo confuso. Y si tuviera que elegir una comunicación que sienta como propia sería la contraria.
Pero a veces, influida por mi entorno, mi mente saca el látigo y ordena y manda.
¡Cómo se arrastró mi pobre cuerpo esta semana suplicando clemencia! La mente se empeñó en estar bien, en caminar rápido en tener una sonrisa permanente…mientras mi cuerpo, dolorido y enfadado, protestaba desde el estómago (el centro de todo) y desde la piel. Tensionado por la mente que lo obligaba a no estar mal. ¡Qué absurdo!
Por fin volví a la cordura y lo escuché. Y durmió muchas horas, y se desperezó lentamente, y la piel volvió a sentir, y todo volvió a sus sitio.
La mente, cabezota, aún quiere mandar, pero no la dejo. La acaricio despacito, le digo que descanse. Mi inteligencia profunda está en mi cuerpo. Lo escucho. Hago el vago, me rodeo de olores suaves, escucho el agua caer antes del temporal que dicen que se avecina y camino descalza.
Ahora voy a salir afuera a mojarme con esa lluvia impenitente como si fuera rocío de la mañana.



