A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,los recuerdos me asaltan.
Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.
Y diréis que tengo adicción a Ángel González, y tendréis razón…




