Natalia Ginzburg escribió Las Pequeñas Virtudes, unos maravillosos relatos -gracias por regalármelos, tenías razón, son deliciosos- muy bien escritos y muy “diferentes”. Muchos de ellos me gustan por distintos motivos, especialmente el que da título al libro, pero ya que llevo varios días hablando del las diferentes facetas del silencio, escogeré uno titulado así.
En El Silencio la autora habla de él como si fuera un muro interior o en el que nos atrincheramos, incluso a veces de nosotros mismos. Habla del silencio provocado por la culpa y el pánico. No es un silencio productivo como el de Siddharta, ni un silencio táctil como el de Lorca, ni prudente como el del proverbio. Es un silencio que mata por dentro, que pone barreras en lugar de quitarlas. Un silencio que corta el aire, que impide llenar los pulmones. Conozco bien ese silencio. Me hace llorar.
Os dejo un trocito del final:
…El silencio puede alcanzar una forma de infelicidad cerrada, monstruosa, diabólica: puede ajar los días de juventud, hacer amargo el pan. Puede llevar, como se ha dicho, a la muerte.
El silencio debe ser contemplado y juzgado desde un punto de vista moral. Porque el silencio, como la apatía y la lujuria, es un pecado. El hecho de que en nuestra época sea un pecado común a todos nuestros semejantes, que sea el fruto amargo de nuestra época malsana, no nos exime del deber de reconocer su naturaleza, de llamarlo por su verdadero nombre.
¿Cuántas clases de silencio hay?