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Quen

Dejo el enlace a la preciosa columna de hoy en La Voz de Galicia de Xosé Carlos Caneiro, que es como si la hubieran escrito para ti, que siempre pusiste por delante el quien del qué.

Te debo un libro

, El Huerto del Limonar, que te va a encantar, porque a alguien como tú le tiene que gustar la poesía. Y tú a mi el siguiente trébol de cuatro hojas que encuentres, que no creas que me olvido. Quedamos en que yo también necesito un poquito de suerte (no me quejo, eh?). Encontraste uno en Parada, cerca de la escuela, subiendo por el camino del frente.

Tomada de la galería de Blopsmen en Flickr, Gracias

Tomada de la galería de Blopsmen en Flickr, Gracias

Paseábamos ya de retirada hacia los coches, después de fotografiar la casa de Uxío Novoneira, – se o pasado é pasado i o presente é o urgente por qué inda busca a xente aquil soño clausurado?- y el río de lavar, y las veredas, y los árboles.

Tú caminabas a mi lado charlando, como vinimos haciendo todo el fin de semana, subiendo y bajando la Devesa, comiendo bocatas al lado de las fuentes…

No sé bien qué nos contábamos, cualquier cosa: me hablabas de tus amigos, de lo que te gusta y de lo que no. Pero siempre tan inteligente, tan cariñoso y tan amable!

Nos hacíamos compañía, soplábamos dientes de león, comíamos fresas silvestres y compartíamos el cansancio del regreso. Y,sobre todo, mira que nos reímos! que a mi ya me dolía la cara!

Me hiciste la foto más linda: arriba, en las fuentes, leyendo. Ya sé que no será la mejor técnicamente, pero es para siempre mi favorita.

Fue muy lindo pasar esos días a tu lado y yo tampoco podría ya imaginar el Caurel sin ti.

(Tenemos que vernos, quiero presentarte a alguien muy importante para mi)

Nubes y olas

Cuento “Nubes y olas” de Rabindranath Tagore

Madre, los que viven allá arriba, en las nubes, me llaman:
-Nosotros jugamos desde que despertamos hasta el anochecer -dicen-. Jugamos con el alba de oro y con la luna de plata.
Yo les pregunto:
-Pero ¿cómo subiré hasta vosotros?
Y me contestan:
-Ven hasta el borde de la tierra, levanta entonces las manos al cielo y te subiremos con las nubes.
Pero yo les digo:
-Mi madre me espera en casa, ¿cómo podría dejarla para venir?
Entonces sonríen y se van flotando.
Pero conozco un juego más bonito que ése, madre.
Yo seré la nube y tú la luna.
Yo cubriré tu rostro con mis dos manos y el techo de nuestra casa será el cielo azul.
Los que viven en las olas me llaman:
-Nosotros cantamos desde el alba al crepúsculo; avanzamos siempre, siempre, sin saber por dónde pasamos.
Yo les pregunto:
-Pero, ¿cómo me uniré a ustedes?
-Ven -dicen- ven hasta la orilla de la playa, cierra los ojos y serás arrebatado por las olas.
Yo respondo:
-Pero cuando llega la noche mi madre me quiere a su lado; ¿cómo podría dejarla para venir?
Entonces sonríen, y se van bailando.
¡Pero yo conozco un juego más divertido que ése! Yo seré las olas y tú una playa lejana.
Yo rodaré, rodaré, y como una ola que se rompe, mi risa rodeará tu pecho.
Y nadie sabrá, en todo el mundo, dónde estamos tú o yo.

Dulcemente encallados

Puerto de Miño

Charlábamos sentados en el murete un atardecer de agosto. El acababa de llegar de unas impresionantes vacaciones buceando. Yo soñaba con navegar al Mar del Norte.

Nos sentíamos vivos, colegas, amigos.

Recuerdo que llevé mi chaqueta de navegar nueva, sabiendo que él iba a apreciar los detalles. Los cierres herméticos, las costuras selladas, los mosquetones…

Saqué esta foto con mi móvil y estuvo de fondo de pantalla hasta que el pobre naufragó en el bolsillo de esa misma chaqueta de navegar una tarde lluviosa de Cherbourg.

Nos recuerdo sonrientes, oliendo a mar. Nuestra amistad es así, vital, cargada de comprensión y energía.

Elisa

De niña, cuando mi madre había salido, como era su mejor amiga, me quedaba en su casa a esperarla. Era mi casa favorita. Me gustaba su carácter dulce y pausado, esa incapacidad para que sus gritos fuesen creíbles ante los desastres que provocábamos el par de demonios que éramos.

Mimaba a todo el que se ponía a su alcance. A su marido y a sus hijos no les dejó sin un capricho: nació para querer, para cuidar, y cumplió su misión. Su cariño era incondicional, de los que curan. Siempre fui maravillosa para ella. Nos adorábamos.

Últimamente la veía menos, sólo cuando yo me acercaba a hacerles una visita. Siempre me hacía las mismas preguntas, siempre me daba un abrazo y un beso gordos al despedirse y siempre me ofrecía café solo recaliente que yo tomaba a cualquier hora aunque sólo fuera por complacerla.

Es la persona más buena, más tierna, más genuinamente dulce que he conocido jamás. Sé que ahora hay un ángel más cuidándonos.

Las grandes palabras de esos tiempos, cuando
el acontecer aún era visible, no son para nosotros.
¿Quién habla de victorias? El resistir lo es todo
Réquiem de R. M. Rilke


Letrasenredadas.com

Ayer se cumplieron dos años de la muerte de Pedro de Miguel, como veis, su blog de siempre, Letras Enredadas, sigue entre mis favoritos. No he dejado de admirar su forma fresca y sencilla de relatar cualquier cosa y convertirla en una pequeña maravilla. Cuando sea mayor quiero escribir la mitad de bien que Peter.

Leandro Pérez  Miguel nos invita al nacimiento de un nuevo blog, letrasenredadas.com, donde todos podemos contribuir a perpetuar la memoria y el estilo de Pedro de Miguel. Le agradezco a Leandro que me haya comunicado esta iniciativa y me encantrá participar de ella en la medida de mis posibilidades.

Para empezar, se convocará el Premio Letras Enredadas. ¡Ya os mantendré informados! Y sino leed Vagón- Bar.

Ojos verdes

Está desde hace semanas en una cama de hospital sin poder moverse. Se ha demacrado mucho, ha perdido toda la carne y sólo le queda la lacerada piel pegada a los huesos.

Desde el fondo de sus enormes ojos verdes hundidos en las cuencas me mira sin comprender porqué la vida le ha apaleado tanto. No puedo responderle. Tengo ganas de gritar.

Rebusco recuerdos agradables que hemos compartido, le hablo de un pasado hermoso y de un futuro que volverá a serlo. No me escucho porque no creo una palabra de lo que digo. Tengo ganas de taparme los oídos.  En lugar de eso, le cojo de la mano, le acaricio el brazo.

Rezaré por él, sirva o no.

Mi compañero de juegos

Me crié, crecí, con él. Literalmente y de todas las maneras posibles. Era delgado y ágil y es, y sigue siendo, muy bueno y muy guapo. Mi compañero.

Tenemos la misma edad, vivimos cerca, nuestras madres y padres son amigos, vamos juntos a la playa en verano, cuando no tengo llaves me voy a su casa…

Desde que recuerdo él acompaña mi vida y mis juegos. Nunca me gustaron las muñecas, así que nos entendíamos bien. Nos gustaba el escalextric si había que quedarse en casa porque hacía malo. Cada uno tenía su coche favorito. También estaban los fuertes de vaqueros y los hordas de indios que los atacaban (él pidió un fuerte para mi a los Reyes Magos).

Si hacía bueno, ¡a la calle! Una pelota, la bicicleta, los patines, el monopatín y nuestra imaginación. En su caso, la capacidad de imaginar trastadas nuevas era ilimitada y mi capacidad de seguirle también. No voy a contar todas nuestras gamberradas para que no me perdais el respeto, pero fueron “todas”, todas las que un par de críos inocentes pero revoltosos pueden hacer.

Soy lo que soy gracias a su compañía, a que me enseñó a tirar con escopeta, a hacer malabarismos encima de un sillín, a los castillos de arena que construimos, a nuestras expediciones de investigación…

El es mi infancia, o gran parte de ella.

A veces cómo me gustaría volver atrás… sobre todo por verte hacer gansadas corriendo a mi lado.

Cada vez que nos vemos, arrastramos con la mirada ese gesto de complicidad. Eso siempre nos va a quedar.

I.

Me cuidaba cuando yo era una niña muy pequeña, aunque seguí viéndola después, mis recuerdos más intensos son de los tres o cuatro años. Me gustaba pasar las tardes en su casita de muñecas, jugando en el desván y sacando de sus vitrinas todos los pequeños tesoros- siempre le gustaron esos pequeños objetos inútiles que apenas se ven hoy en día pero que eran tan habituales hace no tantos años- repasándolos una y otra vez como siempre hacen los niños: las bandejitas de plata y de cerámica, la colección de dedales, los gatitos de cristal, las cajas esmaltadas con flores… Allí aprendí la palabra “acerico”, que me encandiló ya para siempre.

Era pequeña, regordeta, de ojos pequeños, claros y muy vivos. Sin duda había sido una mujer hermosa y aún entonces tenía una piel suave y transparente. Le gustaba andar por la casa “a su aire”, y se cambiaba mientras charlaba conmigo y atendía a la cocina. Y yo miraba, desde mi estatura, lo que entonces me parecían sus enormes pechos de matrona.

Conmigo era todo paciencia y vivacidad. Me dejaba vestirme con sus ropas, acostarme en su cama mientras ella y su marido veían la tele, jugar con los cojines, me enseñaba sus fotos…

Con los demás era “muy dispuesta” pero hacía su vida y dejaba a los demás hacer la suya. Tenía por costumbre madrugar mucho, pero muchísimo, y comía a las doce de la mañana. Le encantaba la coliflor, el repollo…además de que las verduras le ayudaban en su permanente lucha para adelgazar. Una lucha perdida por más que saliera a caminar cada día.

Era una mujer vital, alegre y sencilla. Y yo la quería.